La economía mundial está siendo moldeada por fuerzas que ya no pueden tratarse por separado: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la inseguridad alimentaria, el estrés hídrico y la incertidumbre geopolítica. En el Mediterráneo, estas fuerzas interrelacionadas son especialmente visibles y condicionan la capacidad de adaptación y la competitividad a largo plazo de la región.
Los días 17 y 18 de junio de 2026, el tercer Foro Económico y Social del Mediterráneo trató todas estas cuestiones en CosmoCaixa en Barcelona, bajo el lema «Un mar de compromisos». Celebrado en presencia de Su Majestad el Rey Felipe VI, el foro congregó a líderes institucionales, representantes empresariales, académicos y miembros de la sociedad civil para debatir sobre el futuro del Mediterráneo.
En este contexto, el Dr. Marc Palahí protagonizó una de las intervenciones más aplaudidas de la jornada. El Chief Nature Officer de Lombard Odier Investment Managers y CEO de la Circular Bioeconomy Alliance defendió que la prosperidad a largo plazo depende de un cambio profundo: pasar de un modelo extractivo a uno regenerativo impulsado por la vida.
La naturaleza explica nuestro planeta; es lo que lo hace especial. Es la infraestructura clave que regula nuestro sistema planetario, lo que incluye nuestro clima, los alimentos que comemos, el agua que bebemos y el aire que respiramos
Su mensaje fue claro: el modelo económico actual está llegando a sus límites porque no ha sabido reconocer a la naturaleza como la infraestructura de la que depende la prosperidad. La naturaleza —argumentó Palahí— no es simplemente un recurso que se extrae, sino la infraestructura más valiosa que tenemos. «La naturaleza explica nuestro planeta; es lo que lo hace especial. Es la infraestructura clave que regula nuestro sistema planetario, lo que incluye nuestro clima, los alimentos que comemos, el agua que bebemos y el aire que respiramos», afirmó. Este fue el punto de partida de la ponencia de Palahí. Antes de que las economías puedan replantearse cómo crecen, invierten y compiten, primero deben replantearse cómo valoran los sistemas naturales de los que dependen.
La naturaleza como infraestructura económica
Palahí partió de una idea sencilla, pero que a menudo se pasa por alto: la naturaleza no es un mero decorado pasivo de la actividad humana, sino el sistema que la hace posible. Regula el clima, sostiene la producción de alimentos, filtra el agua, almacena carbono, mantiene la fertilidad del suelo y sustenta los procesos vitales de los que dependen las economías.
Sin embargo, la economía convencional no ha sabido valorar estas funciones, «porque solo valora lo que tiene un precio, pero no puede ponerle un precio a todo lo que tiene valor. Los árboles, los pájaros y las abejas no nos envían facturas». Palahí argumentó que esta desconexión ha distorsionado nuestra visión del valor, lo que ha llevado a los mercados a pasar por alto los fundamentos ecológicos que hacen viable nuestra economía.
La consecuencia es evidente. Un modelo extractivo alimentado por recursos fósiles ha generado un crecimiento y un desarrollo tecnológico sin precedentes, pero con un alto coste. Por primera vez en la historia de la humanidad, hemos alterado el clima de nuestro planeta y también estamos traspasando los denominados límites planetarios.
Palahí describió esta situación como un punto de inflexión histórico. Una vez que se traspasan los límites planetarios, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas comienzan a reforzarse mutuamente. La deforestación, por ejemplo, debilita los sumideros naturales de carbono y libera más carbono a la atmósfera, lo que acelera el cambio climático, aumenta el riesgo de incendios forestales y genera más deforestación.
las externalidades se convierten en riesgos para los ecosistemas, y los riesgos para los ecosistemas se convierten en pérdidas económicas
En este punto de inflexión —advirtió—, el planeta ya no puede absorber las perturbaciones generadas por nuestro modelo económico. Esas perturbaciones se están reflejando ahora en forma de riesgos para los ecosistemas y pérdidas financieras. «Las externalidades se convierten en riesgos para los ecosistemas, y los riesgos para los ecosistemas se convierten en pérdidas económicas». Señaló que las pérdidas aseguradas a nivel mundial vinculadas a los efectos combinados del cambio climático y la degradación de la naturaleza se han duplicado en los últimos cinco años. Durante los últimos seis años, han superado sistemáticamente los 100.000 millones de dólares1. Obviamente, las pérdidas económicas son mucho mayores que las aseguradas. En Europa, las pérdidas económicas relacionadas con el cambio climático han aumentado a un ritmo de 10.000 millones de euros cada 12 años en las últimas cinco décadas.
Leer más (artículo en inglés) : Building a Circular Bioeconomy to address the growing risk of wildfires | Lombard Odier
Los sistemas alimentarios, en el centro de la crisis
Los sistemas alimentarios han hecho tangible este debate global, especialmente en el contexto mediterráneo. La agricultura, el agua, la salud del suelo y la resistencia de los paisajes son vitales para la estabilidad económica.
Palahí describió los sistemas alimentarios como víctimas y, al mismo tiempo, motores de la crisis climática y ambiental. Una investigación publicada recientemente en Environmental Research Letters refuerza esta advertencia. En ella se identificaron 16 ejemplos de subidas de los precios de los alimentos en todo el mundo tras períodos de calor extremo, sequía o lluvias intensas entre 2022 y 20242. Entre ellos, cabe mencionar fuertes fluctuaciones en los precios del café, el cacao y el aceite de oliva. En la UE, los precios del aceite de oliva subieron un 50% entre enero de 2023 y enero de 20243, tras la sequía que azotó España e Italia, lo que ilustra cómo las presiones climáticas y sobre los ecosistemas pueden repercutir directamente en los gastos de los hogares, los márgenes empresariales y la dinámica de la inflación.
Según el Banco Europeo de Inversiones, las condiciones meteorológicas adversas, como las sequías, suponen para el sector agrícola de la UE un coste medio de más de 28.000 millones de euros al año, lo que equivale a alrededor del 6% de la producción anual de cultivos y ganadería. Sin embargo, solo entre el 20% y el 30% de esas pérdidas están aseguradas4. En un escenario en el que se mantiene la situación actual, dichas pérdidas podrían casi duplicarse durante las próximas dos décadas, mientras que los años catastróficos podrían generar pérdidas de alrededor de 90.000 millones de euros5.
Tres son los factores que ayudan a explicar esta vulnerabilidad: una atmósfera más cálida que intensifica las sequías y las lluvias torrenciales; prácticas agrícolas extractivas que degradan los suelos y la biodiversidad; y cadenas de suministro excesivamente complejas que impiden que el capital fluya hacia los primeros eslabones de la cadena, donde más se necesita la inversión en infraestructuras naturales.
Por lo tanto, los sistemas alimentarios no pueden considerarse simplemente como un sector que es preciso descarbonizar. Son un pilar fundamental de la economía y un ámbito crucial para la transformación sistémica. Palahí señaló que los sistemas alimentarios son responsables del 33% de las emisiones de gases de efecto invernadero6 y están relacionados con hasta el 80% de la deforestación y la pérdida de biodiversidad7.
requiere pasar de una economía extractiva alimentada por recursos fósiles a una economía regenerativa alimentada por la naturaleza, que prospere en armonía con ella: una bioeconomía circular
Del crecimiento extractivo a las cadenas de valor regenerativas
En opinión de Palahí, la respuesta comienza con un modelo de producción alimentaria diferente. La agricultura regenerativa trabaja con la naturaleza, en lugar de contra ella. Restaura la biodiversidad y la salud de los suelos, aumenta la diversidad de cultivos, reduce la alteración física del terreno y sustituye los aditivos sintéticos por otros biológicos.
No se trata solo de una agenda medioambiental; también es económica. Palahí identificó tres resultados interrelacionados: menores costes y mayor rentabilidad de las explotaciones agrícolas; reducción de las emisiones y la contaminación, junto con sumideros de carbono y biodiversidad más sólidos; y mayor resistencia ante fenómenos meteorológicos extremos. Esta lógica resulta especialmente relevante en regiones que ya están expuestas a sequías, incendios forestales, degradación del suelo y riesgos de inundaciones, incluido el Mediterráneo. Como señaló Rosario Sánchez, secretaria de Estado de Turismo de España, en otra sesión: «Si el turismo no respeta el medio ambiente y no redistribuye la riqueza, no es viable económicamente». La misma lógica se aplica a la alimentación, al uso del suelo y a las cadenas de valor industriales: la resistencia se está convirtiendo en una condición previa para la competitividad.
La respuesta de Palahí fue ir más allá de las medidas de sostenibilidad fragmentadas para avanzar hacia un nuevo paradigma económico. «Requiere pasar de una economía extractiva alimentada por recursos fósiles a una economía regenerativa alimentada por la naturaleza, que prospere en armonía con ella: una bioeconomía circular», afirmó.
no hay más opción que volver a un sistema “abierto”, uno que, en última instancia, esté alimentado por la fuente de energía externa y fiable de la que disponemos: el sol
Una economía impulsada por la vida
Palahí definió la bioeconomía circular como un cambio científico y económico, más que como un eslogan. Argumentó que la era industrial transformó los cimientos energéticos de la economía al pasar de un sistema abierto impulsado por el sol a un sistema dependiente de recursos fósiles finitos almacenados en el interior del planeta.
«No hay más opción que volver a un sistema “abierto”, uno que, en última instancia, esté alimentado por la fuente de energía externa y fiable de la que disponemos: el sol. Para ello, la naturaleza es nuestra mejor estrategia. Nuestra mejor socia. Porque la naturaleza es lo que conecta el sol con nosotros», afirmó.
En este modelo, la naturaleza convierte la energía solar en recursos biológicos y energía bioquímica renovable. Con los conocimientos, la inversión y el marco rector adecuados, estos recursos pueden sostener cadenas de valor que sustituyan a los insumos fósiles en diversos sectores, entre ellos el alimentario, el textil, la construcción, el embalaje, el almacenamiento de energía y el sector químico.
En el foro, esta perspectiva también encontró eco en la economía azul, que busca apoyar el crecimiento y los medios de vida al tiempo que preserva los ecosistemas oceánicos y costeros. Costas Kadis, comisario europeo de Pesca y Océanos, argumentó que «el futuro de nuestro litoral depende de nuevos modelos de negocio, como el turismo pesquero y la innovación en la bioeconomía». Su intervención reforzó uno de los mensajes centrales de Palahí: la bioeconomía se extiende a través de los sistemas vivos y las economías locales que sustentan la prosperidad de la región.
«Eso es una bioeconomía circular: una economía impulsada, en última instancia, por el sol. Una economía que valora e invierte en la biodiversidad y en las soluciones de origen natural como verdadero motor de nuestra economía», afirmó Palahí.
Las implicaciones prácticas son de amplio alcance. La agricultura regenerativa puede restaurar la salud del suelo y reforzar la resistencia de los paisajes. Una silvicultura más cercana a la naturaleza puede producir madera al tiempo que refuerza la biodiversidad y la resistencia de los bosques. Los materiales de origen biológico pueden sustituir a los insumos derivados de combustibles fósiles, como los productos de madera modificada que reducen la dependencia del acero y el hormigón en el sector de la construcción.
El objetivo no es utilizar la naturaleza para compensar los daños económicos, sino integrar la naturaleza en el propio proceso de creación de valor
Leer más (artículo en inglés): Realigning finance around nature | Lombard Odier
El papel del capital
Uno de los mensajes más contundentes de Palahí fue que el conocimiento y la tecnología ya no son las principales limitaciones. El mayor reto consiste en cambiar mentalidades, incentivos y flujos de capital. La transición hacia una bioeconomía circular requiere inversión en paisajes, explotaciones agrícolas, bosques, comunidades y nuevas cadenas de valor industriales, junto con una colaboración más estrecha entre las autoridades públicas, las empresas, los investigadores y las entidades financieras.
El discurso del Rey reforzó este llamamiento a la responsabilidad compartida. Su Majestad el Rey Felipe VI subrayó que «la fuerza de este foro reside en su capacidad para reunir diferentes puntos de vista y escuchar diferentes realidades», al tiempo que hizo hincapié en que las personas deben seguir estando «en el centro de cualquier estrategia de desarrollo, ya sea pública o privada». Para que una bioeconomía circular alcance una mayor escala, las cadenas de valor regenerativas deben crear valor no solo para los inversores y las empresas, sino también para las comunidades locales y los paisajes de los que dependen.
Para los inversores, las implicaciones son importantes. Si la degradación de los ecosistemas se está convirtiendo en un riesgo económico, entonces invertir en resistencia, restauración y producción regenerativa puede convertirse en una fuente de valor a largo plazo. El objetivo no es utilizar la naturaleza para compensar los daños económicos, sino integrar la naturaleza en el propio proceso de creación de valor.
Palahí captó claramente esta distinción: «Una bioeconomía circular consiste en comprender, valorar e invertir en la naturaleza como el verdadero motor para transformar nuestra economía, en lugar de usarla para compensar sus fracasos. Se trata de pasar de tácticas de compensación a estrategias de integración que generen una acción transformadora».
La naturaleza no nos pertenece; nosotros pertenecemos a la naturaleza
Leer más (artículo en inglés): King Charles III celebrates the CBA UK launch | Lombard Odier
Una perspectiva mediterránea sobre una transición global
El Mediterráneo ha sido durante mucho tiempo un lugar de comercio, cultura y contacto, pero también un lugar donde cada vez son más visibles los riesgos de un clima inestable y unos ecosistemas degradados. La escasez de agua, el calor extremo, los incendios forestales, la presión sobre los sistemas costeros, la seguridad alimentaria y la intensidad del turismo plantean difíciles retos a los responsables políticos y a las empresas.
Sin embargo, estas mismas características convierten a la región en un campo de pruebas natural para una bioeconomía circular. Sus diversos paisajes, su patrimonio agrícola y sus bosques, ciudades, puertos y centros de innovación ofrecen la base para nuevos modelos de cooperación.
Sin embargo, para Palahí la transición no es solo técnica. También es filosófica. Requiere pasar de una mentalidad extractiva a una regenerativa. «La naturaleza no nos pertenece; nosotros pertenecemos a la naturaleza», afirmó. Su reflexión final volvió a centrarse en los bosques. Antes de que los árboles evolucionaran y los bosques se expandieran —recordó a la audiencia—, el planeta era mucho más cálido, con niveles de CO₂ en la atmósfera unas diez veces superiores a los actuales. Los bosques contribuyeron a hacer habitable la Tierra al moldear el clima, los suelos y los ciclos del agua de los que dependían la vida, la civilización humana y, en última instancia, la evolución humana.
«Por eso me gusta decir que este es el planeta de los árboles, no el planeta de los simios», afirmó. Para el Mediterráneo, la oportunidad consiste en convertir la vulnerabilidad en liderazgo en el marco de una transición que se extiende mucho más allá de la región. La ponencia de Palahí dejó al público con una propuesta sencilla pero exigente: la economía no puede ser más fuerte que los sistemas naturales que la sustentan. Si las economías quieren prosperar durante las próximas décadas, su futuro podría depender no de extraer más de la naturaleza, sino de aprender de nuevo a trabajar con ella.
compartir.